Le preguntamos cómo se lleva el peso de la fama tras sesenta años de ser un icono en España y América. Ramón, con esa sobriedad que no necesita alardes, respondió que la gloria, al final, consiste simplemente en recibir agradecimientos.
Para ilustrarlo, nos trasladó a una cena en un restaurante de Alicante. Allí, un señor se acercó a su mesa, interrumpiendo la velada con respeto. Ramón, educado y expectante, escuchó una frase que lo dejó desarmado:
—Ramón, yo soy un hijo del perdón.
El artista no lo comprendió al instante, hasta que el hombre se explicó. Sus padres, al borde de una ruptura irrevocable, lograron reconciliarse gracias a su canción Perdóname. Él existía gracias a esa tregua: nacido de los compases de una balada que salvó un matrimonio.
Quién sabe cuántas parejas más habrán soldado sus grietas con esa música. Y ni hablar de El final del verano, otra joya de su autoría que sentencia: “y tú partirás…”. Amores estivales o no, a veces simples despedidas; otras, quizá, el inicio de una vida entera.

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